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En febrero del 2004 recibí una invitación del ITC para participar como docente en un curso de 12 días en Dhera Dun, India, organizado por el departamento de aguas del IIRS (Indian Institute of Remote Sensing). Nuestro contacto fue un ex-estudiante del ITC, Hari Prasad.

El viaje comenzó muy temprano el lunes 24 de Febrero en Enschede, y la primera fase culminó en el aeropuerto de Nueva Delhi a las 23:30 hs de ese mismo día incluyendo una diferencia horaria de 4:30 hs.

Un taxi me esperaba en el aeropuerto para llevarme al hotel Claridges en Delhi donde pasé esa noche. En realidad solo fueron unas horas pues a las seis de la mañana mi viaje continuaba por tren desde Delhi hasta mi destino final.

El hotel de Delhi era muy lujoso por cierto, pero nada despampanante. La habitación era otra historia, cómoda pero no le adjudiqué más que dos estrellas. Lo más espectacular era la cama que medía mas de dos metros de ancho, y aún con mi máxima extensión (brazos y pies) fui incapaz de cubrirla en diagonal. Cuatro almohadas coronaban el lecho.
A las cinco de la mañana sonó Diana. Me desperté a los tumbos entre nervios y somnolencia para tomar un baño reparador. Llegué a la recepción donde el mismo taxista me esperaba para conducirme hasta la estación de trenes de Nueva Delhi.

La cama en el hotel de New Delhi. No parece pero era enorme.

Llegamos a horario, que fue lo único bueno de la experiencia. Tratar de describir la estación de trenes me llevaría varias páginas. Se acuerdan de la canción: "El viejo Matías duerme en cualquier parte...", bueno en esa estación había como dos millones de viejos Matías. Dormían en la escalera en las columnas, en los escondrijos, era una villa miseria a la millonésima potencia. El taxista me dijo que la mejor manera de llegar al tren que me correspondía era contratar a uno de esos linyeras. Yo tenía una computadora personal, un GPS, toda mi ropa, tarjetas de crédito y algo adicional en dinero. Miré alrededor y no encontré ningún cartel indicador de nada. Era obvio que la forma sugerida por el taxista además de ser la mejor, era la única. Con una señal del taxista apareció como de la nada un linyera con un turbante. Ahí entendí la utilidad del tuebante, lo usan de almohada, de sombrero y de cojín. Se puso mi valija en la cabeza y como le pareció poco quería que le diera mi mochila y mi valija de mano con la PC. Le di la mochila, para que se tranquilizara porque parecía nervioso. Además pensé que con todo ese era imposible que se me escapara corriendo. Claro que me pegué al ñato como Pasarella al nueve contrario. Me preguntó si tenía el ticket del tren para saber donde iba. Se lo mostré, lo tomó y lo miró como quince segundos. No creo que supiera leer, porque el billete estaba al revés. Me preguntó donde iba y le dije Dhera Dun. Llamó alguno de sus colegas de oficio y sin muchos problemas llegamos hasta un andén vacío donde me dijo que tenía que esperar. Me preguntó si quería "servicio completo", es decir subir la valija al tren. Mi intento por hacerle entender que no había ningún tren fueron en vano. De igual modo le dije que sí. El tipo puso la valija al lado de él y se sentó en el suelo. A los pocos minutos otros pasajeros comenzaron a llegar. Todos en la misma situación que yo, cosa que me tranquilizó bastante. A las 7:00 hs en punto el tren de Dhera Dun se apostó en el andén. Había solo dos vagones de "primera". El resto era peor que los vagones del Roca. Ni bien abrieron la puerta el linyera se montó al tren y yo atrás de él a los codazos. El billete del tren no decía nada, ni andén, ni vagón, ni hora de salida, nada. Solo el destino y tenía unos números raros. Ya en el vagón identifiqué que los números de los asientos semejaban unos de los números que tenía el billete. Me senté en el asiento numerado como en mi billete, esperando que el guarda apareciera.
El linyera puso la maleta en el portaequipaje y espero por mi propina. La "tarifa oficial" es 9 rupias, pero yo le di 300. El tipo quería más, lo mandé a freír papas y se fue.
El viaje en tren fue placentero. Si bien el vagón era simple estaba limpio y nos sirvieron bien. No tengo ninguna queja, excepto la experiencia nefasta de la terminal de Delhi.
A las 12:00 hs llegué a Dhera Dun. Un taxi me esperaba para llevarme al hotel Madhuban de la cadena Best Western. Comenzaba así mi estadía oficial en la India.

El que visita la India como turista vuelve enloquecido por los aspectos históricos culturales tan reconocidos en las culturas asiáticas. Yo la visite como trabajador. India es un país que ha decidido históricamente marginar a la mayoría de la población a vivir en condiciones de pobreza absoluta. No pude deshacerme de ese pensamiento para disfrutar de las maravillas que la India puede ofrecer.
Mejor dicho que podrá ofrecer en otro lado, porque lo que fue en Dhera Dun, lo cambio por una semana en julio en la playa Las Toninas.
Describir sin ofender es un arte que se sustenta en mostrar hechos sin hacer comentarios al margen. Si bien esta abstracción me resulta difícil, trataré brevemente de describir la situación del lugar. Dhera Dun y la mayoría de otros ciudades Hindúes, tiene calles y no veredas. Por las calles circulan coches, motocicletas, autobuses, camiones y bicicletas, como en cualquier ciudad, y también vacas, gallinas, caballos, monos y también gente que son lo único no sagrado.
El sentido de circulación es por derechas como en Inglaterra. Eso es meramente una formalidad, igual que la línea divisoria de los carriles. La realidad indica que cualquiera de las dos manos esta bien para conducir.
En el tiempo que estuve en Dhera Dun, me subí cuatro taxis conducidos por cuatro chóferes distintos. Todos ellos conducían el vehículo con un dedo permanentemente sobre la bocina la cual hacían sonar agresivamente el 50 % tiempo.
Encontré dos policías en la ciudad, dirigiendo el tránsito en las intersecciones "más peligrosas" si es que alguna era más riesgosa que otra. Lo cómico es que en este caso el policía trabajaba en una garita elevada, recientemente "re-fabricada" (atención que digo "re" y no "pre") ubicada debajo de un semáforo que funcionaba perfectamente bien. Entiéndase que los hindúes no lo ven al semáforo, y si lo ven, posiblemente lo consideren una especie en extinción.
Es milagroso que no haya miles de muertos por día, no tengo explicación alguna excepto que la densidad del tránsito es tan grande, las carreteras tan desastrosas y los autos públicos tan deteriorados que la velocidad esta "autocontrolada".

Mi intento por ir a dar una vuelta terminó a quinientos metros del Hotel, cuando me percaté que mi vida corría serio peligro. La idea de caminar es imposible en esa ciudad pues los automóviles te pasan a menos de un metro y acelerando. Un descuido, un resbalón y sos hombre muerto.

India está regida por un mecanismo social de castas que lisa y llanamente ha marginado de todo acceso a un bienestar siquiera "indigno" al 80% de la población. Es un país para hacer negocios por la cantidad descomunal de gente que tiene, pero la mayoría de esa gente vive en la pobreza extrema. No quiero seguir más con este tema. Lo desconozco. Lo único que digo es que los hindúes lo entienden y lo aceptan. Para ellos es así y no creo que hagan nada por mejorar las perspectivas de esa masa de gente. Luego de haber visto lo que vi, no me caben dudas que cualquiera que tenga ganas y voluntad por ganar un premio Nóbel de la Paz, lo gana ayudando enfermos en la India. Ya tuvieron un Mahatma Gandi, una Madre Teresa de Calcuta, y estoy seguro que hay cientos como ellos trabajando en silencio para ser firmes candidatos alegóricos de un premio que no buscan.

Me tomé un solo día de excursión y siguiendo la sugerencia de Allard Meijerink que vivió seis años en Dhera Dun visité la ciudad de M... a los pies del Himalaya. Fue una excursión llena de curvas y contracurvas, pero curiosa e instructiva. Por pedido de mi profesora de gimnasia me animé a comprar algunas joyas de fantasía. La variedad colmó mis expectativas y me mareó. Cerré los ojos para elegir algo acorde con el pedido. Se observan muchas estructuras de conservación, terrazas y algunos regadíos, pero la mayoría es campo natural por lo excesivo de la pendiente.

El valor de la mano de obra es despreciable en la India, y vale esta anécdota para ejemplo. El último día junté coraje y me fui a cortar el pelo, luego de buscar por cielo y tierra una peluquería más o menos decente. Como no la encontré, fui a la que estaba menos sucia. Esta claro que no tengo mucho pelo y no me podían cobrar como si se lo cortaran a un actor de cine. De cualquier forma me imaginé que costaría lo mismo que en Argentina más o menos. En noviembre había ido a un estilista en Buenos Aires y me cobró algo así como seis euros, y fue mejor corte de pelo de mi vida. Agarré 300 rupias (seis euros) y partí para el esquile.
Entré al local. Un banco largo de madera, dos sillas de peluquero, un espejo grande y los adminículos mínimos, pero suficientes que toda peluquería debe tener. El peluquero no tenía más que 25 años, con un corte de pelo a lo Travolta en la película "Grease".
El tipo no hablaba inglés, y cuando me siento en la silla me dice "Down!". Yo no le entendí y le digo "What?"... Y me repite "Down!". Le digo "Sorry, I don't understand" (María Gabriel me diría: "no se dice "sorry" animal, se dice "I beg your pardon", pero te aseguro que ese ñato no me lo hubiera entendido). Yo pensaba para mí: "donde querrá que me tire". El peluquero me dice "Down..., slip!!", y me hace una seña como para que me deslizara en la silla para bajar mi cabeza. Ahí entendí que por más pinta de sillón de peluquero que tenía la silla donde estaba sentado, esta no tenía mecanismo de regulación de altura, y si me quería cortar el pelo me tenía que acostar.
Me recosté hasta que el mentón se clavó en el pecho y me quedé así por veinte minutos. La siguiente y última palabra que combinamos en inglés fue "short", indicando que quería que me cortara el pelo corto.
Admito que el muchacho hizo un buen trabajo, dentro de lo que cabe. Lo más sabroso vino al final cuando terminó con un masaje capilar estupendo, que jamás me dieron en la época de Crecipel.
Cuando terminó y le pregunté cuanto era el servicio y él me dice: "30 rupies". TREINTA rupias son sesenta centavos de euro, algo así como 1,80 pesos. Yo tenía trescientas rupias en la mano y el número me descolocó. Le pagué, le di una propina y me fui.

En el lugar donde daba clase, el director me dijo que todo era así en la India. A él se le había roto una cañería y el arreglo, que incluyó revoque y pared nuevos, le costó 1 euro. Si tienes algo de dinero y no tienes complejo de ver gente pobre deambulando por todos lados, la India es el lugar par ir. Vivirás como un rey a costa de nada.

El tránsito merece un mención aparta, Bicis, motos, autos y camiones se mezclan con caballos, vacas, monos y otros animales. La gente sortea todos esos obstáculos en su transitar. A la derecha mi ilustre conductor de taxi que me llevó desde Dhera Dun hasta el aeropuerto internacional Indira Gandhi en Nueva Delhi.

Lo más rescatable del viaje fue el Hotel Madhuban, un tres estrellas bien puestas, la atención y cordialidad de la gente de la India en todos los lugares que fui y la excelencia de la comida hindú a pesar de las diarreas continuas los primeros días.
Especial mención para Hari Prasad, director del curso y estupendo profesional y organizador y Praveen Thakur, colega y compañero de la excursión que realicé a los pies del Himalaya.
El regreso fue una odisea que me vio nacer de nuevo ya que decidí inconscientemente ir en un taxi desde Dhera Dhun hasta Delhi en un viaje de 9 horas que no se lo deseo ni al peor enemigo.
En fin, siempre escuché que cuando uno vuelve de la India tiene páginas para contar. Es cierto, pero si van a visitarla recuerden que mucho de lo que ven no es nada más que para el turista.